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COMO EL PRIMER DÍA... ¡Qué bello es vivir!, el triunfo del hombre corriente

La Navidad está a la vuelta de la esquina y si hay una película especialmente idónea para estas señaladas fechas es la producción de Frank Capra de 1946, ¡Qué bello es vivir!, protagonizada por James Stewart. Seguramente ya la habrán visto; de lo contrario, no se apuren: seguro que alguna de nuestras atentas cadenas la programa la próxima Nochebuena.

George Bailey (James Stewart) es un tipo corriente con aspiraciones de ver mundo a principios del siglo pasado. Vive en la pequeña localidad de Bedford Falls, un pueblo de Norteamérica como otro cualquiera. Su padre, director de una compañía de empréstitos, fallece de un repentino ataque al corazón y a él le toca hacerse cargo del negocio familiar durante épocas tan duras como la Gran Depresión o la II Guerra Mundial. Su gran rival, Henry Potter (Lionel Barrymore), especie de Scrooge en silla de ruedas, representa todo lo peor que puede nacer del capitalismo sin freno. 


Si, como cantaba John Lennon, “la vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes”, esta película lo ejemplifica a la perfección. George Bailey gasta gran parte de su tiempo y energías en fabular sobre exóticos viajes y azarosas aventuras que -pronto descubrimos- jamás emprenderá. Mientras, conoce a una chica encantadora, Mary (Donna Reed), quien desde el primer momento (recordemos los deseos que piden mientras lanzan piedras contra los vidrios de una vieja casa “fantasma”) tendrá su futuro bastante más claro que él.

¿Cuál es el secreto de este cuento clásico de Navidad? Aún no lo hemos dicho: la película empieza con unos rezos y unas imágenes del Cielo donde se nos muestra que Dios está escuchando y decide poner manos a la obra enviando a Clarence (Henry Travers), un ángel que aún no se ha ganado sus alas. Es, por tanto, una fábula. Sin embargo, el gran acierto de su director consiste en que, apostando por lo que llaman “la ventana invisible” (es decir, la cámara no exige protagonismo sobre sí misma, sino que recoge las acciones con la inmediatez de otro espectador), nos muestra retazos de auténtica vida. Hay relatos, por ejemplo, que se centran en la infancia del protagonista para bucear en sus motivaciones. Aquí se nos revelan en dos extraordinarias secuencias. Para cuando el personaje es adulto el espectador ya sabe de él todo lo necesario. Y no han sido ni 20 minutos de un largometraje de dos horas.

Con igualmente ejemplar economía narrativa, se nos muestra el inolvidable baile de graduación donde George y Mary dan comienzo a su idilio. Aquí habremos de pasar por alto que, evidentemente, ninguno de los protagonistas tiene los 18 años que se les supone (Stewart incluso había regresado de la guerra con el rango de coronel; en 1946 cumplía 38 años). Pronto empiezan los problemas para George, quien, al heredar la empresa de su progenitor, debe renunciar paulatinamente a sus sueños de juventud. ¿Tendrá su recompensa en lo que construye día a día junto a Mary, en su familia, en sus amigos, en su trabajo?

Todos los personajes (excepto Potter, quien es -en todo momento- un villano sin redención posible) están retratados con amabilidad, incluso cuando sus negligencias (pensemos en el terrible descuido de tío Billy, interpretado por Thomas Mitchell) ponen a nuestro protagonista en aprietos aparentemente insuperables. La secuencia del pánico en el banco, por ejemplo, sirve para observar esto perfectamente: desde la entrega de George (y Mary) para salvar su empresa hasta los distintos caracteres que se nos ofrecen pidiendo dinero a través de la ventanilla. Y Potter, claro, en la sombra, como un buitre dispuesto a quedarse con todo.

Aunque la película goza a menudo de un refrescante sentido del humor, casi de comedia sofisticada, combinado con una mirada amable (pero certera) de los vecinos del pueblo (pensemos, por ejemplo, en la noche de bodas, orquestada por sus amigos taxista y policía), uno de los momentos más recordados del film nos arrastra, sin embargo, por una pesadilla inaudita mientras George Bailey descubre cómo su vida ha afectado a la gente que le rodea. Ésta es una de las escenas más citadas, homenajeadas o directamente plagiadas de la historia del cine, conocida incluso por quienes no han visto el film. Entonces, cambian los ángulos de cámara, volviéndose abruptos, buscando la contorsión de los rostros y la angustia se apodera del celuloide hasta la necesaria catarsis. Y aprendemos que cada vez que suenan unas campanillas un ángel ha conseguido sus alas.

¡Qué bello es vivir! concentra en poco más de dos horas las experiencias de un hombre bueno, dedicado a sus vecinos más por sentido del deber que por convicción personal, y nos devuelve, con una sonrisa y una lágrima, la confianza en el ser humano.


La favorita de su protagonista: James Stewart siempre mostró su preferencia por este cuento navideño del especialista en fábulas amables Frank Capra. Esto no debe tomarse a la ligera, dado que el actor cuenta con una filmografía privilegiada, con clásicos del cine como sus colaboraciones con Hitchcok (La soga, El hombre que sabía demasiado, La ventana indiscreta, Vértigo), Lubitsch (El bazar de las sorpresas), Ford (El hombre que mató a Liberty Valance, Dos cabalgan juntos, El gran combate), Cukor (Historias de Filadelfia), Preminger (Anatomía de un asesinato), Mann (Winchester 73, Horizontes Lejanos, Colorado Jim) o el propio Capra (Vive como quieras, Caballero sin espada).

Copyright accidentado: un error en 1974 en la renovación de los derechos de autor resultó en la titularidad pública del film, lo que benefició extraordinariamente su difusión por todas las televisiones del mundo, convirtiéndose en el clásico navideño por antonomasia. A día de hoy, sin embargo, la Paramount, que en 1947 había comprado a la productora original, Liberty Films (tercer intento de Capra de salir del sistema de estudios y que sólo produjo dos películas antes de ser vendida), ostenta de nuevo los derechos, gracias a una sentencia de 1993.

-Mixmerik-

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